A menudo escucho a la gente quejarse de la situación que se vive actualmente. Pareciera que nada compensa los esfuerzos diarios por sobrevivir. En ocasiones, la amargura parece estar en el aire: lo impregna tanto y lo consume todo.
Pues bien, les cuento que esta semana me di el regalo más hermoso que existe un individuo que apenas conozco. No me dolió hacerlo y los costos económicos no me importaron.
En el marco del sismo ocurrido esta semana en Honduras, un fiel lector con quien mantengo correspondencia, me informó que un familiar suyo muy cercano estaba cerca de la zona golpeada por el desastre natural. Era imposible llamarle por teléfono ya que las comunicaciones estaban visiblemente afectadas.
Muy conmovido, me ofrecí a llamar a su pariente por teléfono, quien me contestó rápidamente y me dijo que estaba bien y se disculpaba por no haber dado señales de vida tan pronto como lo esperaban sus seres queridos. Acto seguido, colgué el teléfono y me invadió una sensación de bienestar que hacía mucho tiempo no experimentaba.
Poco después, escribí a mi muy querido lector y le informé los resultados de mi labor. Me agradeció con todo su corazón por el gesto. ¿Qué puedo decirles? Con toda sinceridad puedo afirmar que fue él quien me dio el regalo más hermoso de la semana: el placer de dar al prójimo sin esperar nada a cambio. Hagan un esfuerzo por dar a manos llenas, sin esperar nada a cambio. De las muchas virtudes que el amor tiene, la más sobresaliente es el dar.

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