La semana pasada escuché unas palabras que me hicieron pensar respecto a mi vida. Un conocido dijo que sin darnos cuenta pasamos la vida trabajando para nada, pues una vez cubiertas las necesidades básicas, lo que se gana de más, no asegura la felicidad ni deja una satisfacción que realmente lo llene a uno.
A esas palabras les doy toda la razón. Casi siempre me he preocupado por no decir que me he obsesionado en perseguir metas materiales y al final, cuando ya he conseguido lo que quiero me siento igual que antes: sin rumbo fijo.
Creo que la felicidad y la satisfacción personal residen en la sensación de logro que proviene de dar y no solo de recibir. Las necesidades personales se reducen al mínimo si se piensa en términos prácticos. Para vivir solo necesitamos alimento, comida, un lugar donde vivir y atención médica. Si elaboráramos una lista con las necesidades y dejáramos fuera los deseos sin duda seríamos más felices.
Este día me he propuesto ser feliz y no pensar en lo que aparentemente me falta sino en aquello que no tiene precio: la familia y los amigos.

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