miércoles, 5 de noviembre de 2008

EL ARTE PERDIDO DE VIVIR

Vivir es un acto de bondad que ha caído en desuso. La mayoría de veces a causa del ritmo ajetreado que este sistema nos impone. Estamos en contacto con la realidad sin absorberla por completo porque no nos detenemos a contemplar la belleza que nos rodea. ¿Belleza? Preguntarán algunos incrédulos. Sí, belleza en cada minuto que respiramos y en cada sonrisa que amamos sin pedir permiso para hacerlo.

Me he dado cuenta que muchas personas hallan aburrido cultivar el arte de la conversación. Y la palabra es el bien supremo de la humanidad. Una palabra hablada en el momento justo, puede consolar y curar las heridas más profundas, aunque siempre queden cicatrices.

Pero en el mundo de hoy, es imprescindible estar a tono con las nuevas corrientes del pensamiento. Si hay algo que distingue al ser humano actual es su fuerte escepticismo mezclado con altas dosis de ambición personal. Tal manera de pensar ha corroído los fundamentos de nuestra sociedad. Nos hemos quedado a hablar de moral, sin practicarla; exigimos la verdad pero no la decimos; reclamamos justicia y nos negamos a ejercerla; suplicamos misericordia pero no estamos dispuestos a llegar ningún acuerdo.

No obstante, me he dado cuenta que la formación del individuo juega un papel importante. Algunos padres les venden a sus hijos ideas erradas sobre lo que la vida significa y añaden a ello las peores recomendaciones para las relaciones humanas. Se parte del supuesto que las acciones no obran consecuencias. Se instruye a los niños para que obliguen a los demás a ceder a sus caprichos. No es extraño que se justifique la arrogancia y la indisciplina de un infante como resultado de su propia naturaleza o carácter. Nada más lejano a la realidad: el carácter del individuo puede moldearse siempre y cuando otra persona lo guíe.

El problema se acentúa en el curso de la adolescencia y más factores externos inciden para que se arraiguen en el corazón los sentimientos más viles. De estos, los que más peso tienen son los compañeros de clases, los planes de estudio que inyectan en el joven el deseo de popularidad y gratificación sin importar el daño que se haga. ¿Mencioné a los padres? Claro que no. Para esa etapa de la vida, han perdido toda autoridad moral. Al fin y al cabo jamás se esforzaron por tenerla.

Entonces la persona llega a la vida adulta con la mente puesta en lo que el momento le dé. Como nunca cultivaron el arte de vivir, los vemos en la calle haciendo sonar la bocina mientras conducen el automóvil, insultando a los demás cuando no acceden a sus deseos, echándole la culpa a sus compañeros de trabajo para quedar bien con el jefe y subir de posición, hablando como si supieran todo en las reuniones sociales, cuando sucede que si leen los periódicos, es porque su cerebro solo les permite un ejercicio mental cuando están en el excusado.

Pero no todo debe sonar a tragedia, el mundo no se ha acabado. Lo esencial es no perder de vista que somos humanos, seres racionales que pueden cambiar. ¿Qué tal si cambiamos este día? ¿Qué tal si somos responsables de una buena vez? Ser humano implica más que pensar que uno puede hacer lo que le venga en gana, envuelve tener el coraje de no vivir sin propósito.

Tal vez las generaciones de tiempos pasados encontraron la clave de la felicidad en la sencillez del espíritu. Es hora de volver a nuestras raíces.

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