Hay sucesos en la vida que nos marcan para bien o para mal. El matrimonio es uno de ellos porque encierra promesas del futuro. A la unión marital le antecede un espacio de tiempo cuyo único propósito es conocerse mutuamente y forjar una amistad tan sólida que resista todas las alegrías, las tristezas, los desenfados y las miserias que el mundo ofrece.
Sin lugar a dudas, aunque el matrimonio ya no ocupa un lugar importante en la sociedad actual y ha perdido su valor como la base de una familia, permanece como la más honorable de las inatituciones humanas. El amor entre un hombre y una mujer, expresados ante la Ley con la firma de un acta matrimonial y mediante una boda, delante de los presentes que la pareja ha invitado como testigos, eleva tal sentimiento a una expresión más allá de todo entendimiento.
A esto debemos añadir la expectación que generan los preparativos de la boda. Si bien las familias de los novios jamás se ponen de acuerdo entre sí, en última instancia, todos comparten la felicidad de ver el inicio de una nueva persona formada a partir de otras dos muy diferentes.
Y llega la fecha tan esperada. El ambiente se llena de risas, abrazos, nostalgias para los que llevan casados muchos años, anhelo de un amor verdadero para quienes aún no lo han encontrado, melancolía al saber que se tiene a una persona especial cerca del corazón y tan lejos en el espacio y el tiempo.
Son momentos especiales, instantes llenos de una magia especial que ni los años pueden borrar. Son los momentos de vino, pastel, rosas y bodas.

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