Por estos días, la mayoría de personas sale de vacaciones, como acostumbramos decir por estos rincones del planeta. Algunos aprovechan la ocasión para ir a la playa, visitar a los familiares que viven en el interior del país (aunque les toque hacer cara de jugador de póquer cuando visitan a la suegra y demás parientes poco gratos en el hogar), otros más sufren o gozan la compañía de familiares que vienen del extranjero y todavía nos falta hablar de los que no tienen suficientes recursos o ganas y se resignan a permanecer en casa.
Yo estoy en la última categoría. Es cierto que en la casa siempre hay cosas por hacer, pero seamos sinceros, ¿verdad que a uno le pesan ciertas partes del cuerpo para hacer algo en las vacaciones? No sé ustedes pero a mí si. Los días previos a esta época intenté arreglar una salida y al final no pude concretar nada. Según observo, por regla general, los paseos que más se planifican, son los que menos llegan a feliz término; me lo enseñó una muy buena amiga y lo tomo como una verdad indiscutible.
El viernes recibiré una visita que llevo esperando hace un tiempo. Aunque también arreglé (arreglamos) este encuentro, creo que no aplicaremos la regla enunciada en el párrafo anterior. Iniciaré el fin de semana feliz como casi nunca lo estoy y me diré a mí mismo que las vacaciones en ocasiones valen la pena.
Les recuerdo que los bancos e instituciones de crédito cierran el miércoles a las 12.00pm, que los cajeros automáticos permanecen funcionando las veinticuatro horas y si desean acabarse sus centavos y prestar los que todavía no han ganado, pueden hacerlo, eso sí, ateniéndose a las represalias de la señora de la casa. Si puedo salir de mi cueva les aviso y les comento mi aventura. Ustedes coméntenme la suya.

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