Cada momento imprime su huella en nuestros sentimientos. Nada hay tan mágico como un recuerdo que permanece en el alma. Este día me desperté sin esperanza, creyendo que no hallaría en él, algo digno de recordar. Sentía una carga pesada y el ánimo por los suelos cuando empecé a escuchar el canto de la madrugada. Me quedé en la cama con los ojos más grises que la penumbra del amanecer y el cuerpo más inerte que el rocío de una mañana que se esmera en prevalecer.
Luego junté mis manos y toque mi rostro con la fe ya casi en las rodillas. Sin más inspiración me senté en la orilla de la cama y me hundí en mis reflexiones. Poco después encendí la luz de mi habitación y ante mis ojos, apareció el espectáculo de siempre: mi cuerpo mortal que vive en el silencio hasta que alguien logra pronunciarse a su favor.
Ya sin las ataduras propias de mi lecho, me vestí y me dirigí a la cocina para preparar un buen café. Les aseguro que no hay mayor placer en cualquier ciudad, que el sublime placer que provoca esta bebida. ¿Quién no ha sentido la quietud de las volutas de humo que se llevan las tristezas de la jornada? Pareciera como si cada taza expulsara una bocanada de energía.
Ahora bien, siguiendo el hilo de nuestro relato, procedí a encender mi computadora para escribir unas cuantas líneas que valieran la pena. No teniendo nada que decirle al teclado, leí las noticias y me aseguré de consultar las mejores fuentes informativas, aunque ninguna me devolvió la calma. Me abstuve de seguir leyendo noticias y mejor comencé la lectura de un buen libro.
El tiempo pasa rápido y no se encarga de avisar. Ya la penumbra era cosa del pasado cuando alcé la mirada. Vi turbada mi paz con los ruidos de la ciudad que de seguro habrá de carcomer todo mi ser, una y otra vez, hasta que mis huesos ya no quieran. Es hora de bañarse, vestirse y trasladarse para languidecer en una oficina durante ocho largas horas, si es que al jefe no se le ocurre otra de sus brillantes ideas.

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