Llegó a mí sin que yo me diera cuenta de su presencia y se fue un día sin decir adiós. Pero cometí un grave error: jamás le dije lo que sentía por ella y ella, a su vez nunca pudo decirme lo que sentía por mí. De modo que todos estos años hemos vivido ocultando lo que nuestra alma sabía desde el inicio de los tiempos.
Yo me quedé solo y triste, pensando que el amor es don inmerecido e inalcanzable. Ella por su parte, sufrió lejos de mí, creyendo que la amaban y se entregó sin reservas. Mientras tanto, vagué por el mundo buscando la armonía y la belleza, pero solo encontré perfección y tristeza.
Los años han pasado y mi cuerpo ha envejecido aunque todos digan que aún estoy joven. Ella también ha cambiado pero su sonrisa, su voz y su espíritu son mejores que antes. Ahora solo me falta amarla pero temo hacerlo; ahora que está cerca de mí, me encuentro confundido pero a la vez satisfecho. Hoy sucede que nos encontramos limitados por nuestras propias contradicciones. Ahora somos dos desconocidos que se conocen desde siempre y que no saben cómo ni cuándo sus corazones se unieron.

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