Por estas fechas me he mantenido tan ocupado que me ha sido imposible actualizar mi bitácora. De modo que les pido las disculpas del caso. Pero como la cabra siempre tira al monte, aquí estoy de regreso y me siento obligado a escribir sobre los últimos días ya vividos, sin mucho detalle.
¿Qué les digo? Anduve allí por la calle La Reforma sacando un trabajito para hacer rechinar la cacerola, que hoy por hoy, cuesta conseguirlo. Escuché a una soprano en el segundo piso de un museo que está frente a la Embajada de España (no sabía que había una voz tan privilegiada por estos rumbos y no recuerdo elnombre del museo). ¿Qué más les digo? El clima de la capital no me ha dejado nada bueno excepto una infección en la garganta que se niega a abandonarme.
Les cuento que como no salgo mucho, no conozco tantos lugares pero tuve el placer de visitar Multiplaza. Jamás había visto tanta gente superficial pagando su consumo con tarjeta de crédito solo por aparentar. Dudo mucho que duerman en paz como normalmente lo hago cada noche.
Una de las mayores dudas que me asaltan con frecuencia es saber si existe algún límite para el consumismo. Por mi experiencia reciente, veo que no, a pesar de la actual crisis económica. A veces, me inclino a pensar que vivimos el principio del fin de un orden mundial dedicado a la búsqueda del progreso tecnológico a expensas de la plenitud del espíritu y la moral.
Quizás exagero pero, ¿no se han dado cuenta que nuestros días parecen más los últimos días de Roma? Me atrevo a decir que la sociedad humana ya ha logrado todo lo que podía y los misterios que aún yacen enterrados a la vista del intelecto humano han pasado a tener los valores que les hemos asignado.
Por otra parte, el fundamento sobre el cual están siendo edificadas las nuevas generaciones no establece pauta alguna para ver algún desarrollo colectivo o un propósito común en el futuro. Es posible que hayamos entrado a una era donde primen más el valor individual y la ambición desmedida.
Una de las mayores dudas que me asaltan con frecuencia es saber si existe algún límite para el consumismo. Por mi experiencia reciente, veo que no, a pesar de la actual crisis económica. A veces, me inclino a pensar que vivimos el principio del fin de un orden mundial dedicado a la búsqueda del progreso tecnológico a expensas de la plenitud del espíritu y la moral.
Quizás exagero pero, ¿no se han dado cuenta que nuestros días parecen más los últimos días de Roma? Me atrevo a decir que la sociedad humana ya ha logrado todo lo que podía y los misterios que aún yacen enterrados a la vista del intelecto humano han pasado a tener los valores que les hemos asignado.
Por otra parte, el fundamento sobre el cual están siendo edificadas las nuevas generaciones no establece pauta alguna para ver algún desarrollo colectivo o un propósito común en el futuro. Es posible que hayamos entrado a una era donde primen más el valor individual y la ambición desmedida.

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